NAKED PUPPET PEEP SHOW

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EL PEEP SHOW DE NAKED PUPPETS

Suele ser habitual que el Ròmbicpresente una exposición o instalación como telón de fondo de las representaciones, aprovechando el amplio vestíbulo del Ateneu, con ánimo de otorgar a los espectadores un complemento visual al programa.

En esta ocasión, podemos decir que hubo una intervención completa del espacio a cargo de la compañía Naked Puppets, compuesta por Ivan Tomasevic, Anna McNeil, Matt Knight, Christine Pokorny y Andrea Lorenzetti (ver aquí ). Un equipo artístico de procedencia multinacional ubicado en Barcelona y que suele actuar por toda Europa. La propuesta, sin embargo, estuvo defendida por un elenco aún mayor y realmente de lujo, si tenemos en cuenta que actuaron Rugiada Grignani y Facundo Moreno, de la compañía Dromosofista, así como el hermano de Rugiada, Tommaso Grignani. Igualmente intervinieron el cocotólogo Pep Gómez, la cantante María Sola, el mago Mario Cosculluela, el actor-titiritero Broxa Insua y el pianista Xabi Elicagaray.

Peep Show, Naked Puppets, Borxa Insua y Andrea Lorenzetti.

El título Peep Show indica por donde iban los tiros: una inmersión, entre irónica, poética y transgresora, al fenómeno voyeurista de los Peep Show, esta modalidad de espectáculo sicalíptico también a veces llamado Peep Box, que suele centrarse en una caja o espacio cerrado cuyo interior es visto a través de una mirilla de uno o dos agujeros, y de temática mayormente erótica y hasta pornográfica.

Peep Show, Naked Puppets. Foto de Jesús Atienza.

Un trabajo refinado y de una cuidadosa elaboración fue el realizado por la Naked Puppets, al transformar todo el espacio del vestíbulo y pasillo del Ateneu en una especie de laberinto de tonos bermejos y claroscuros, apropiado para crear una atmósfera de sensualidad y de insinuaciones erótico-sexuales, aunque en muchos casos se inclinara más por la broma que por la escatología pura y dura. Fue una instalación generosa en sus ‘cajas de sorpresa’, obra de Andrea Lorenzetti, Ivan Tomasevic, Rugiada Grignani y Facundo Moreno, la mayoría para ser vistas a través de su mirilla, otras para ser tocadas, ya sea poniendo la mano o, en una de ellas, introduciendo un dedo en un interior de lujurioso y húmedo tacto. También había algunos autómatas construidos por Matt Knight.

El conjunto de las box y escenas podía verse también como una suma de escenarios, abiertos o cerrados, con pequeñas composiciones poéticas, mientras en las paredes  colgaban multitud de interesantes pinturas y dibujos de contenido artístico-erótico, obra de Anna McNeil, Maria Sola y Rugiada Grignani. La sensación de laberinto y de espacio cerrado estaba acentuada por la iluminación y por un techo bajo de tela negra que reducía el espacio buscando la intimidad de la cercanía, tanto de los visitantes entre ellos como de cada uno de los voyeurscon lo observado.

Andrea Lorenzetti manipulando. Peep Show, Naked Puppets. Foto de Jesús Atienza.

El Peep Show descrito constituía en realidad la entrada que el público debía cruzar antes de llegar al gran salón-bar, donde se desarrollaba un espectáculo de cabaret con una no menos estudiada ambientación de tonos cabareteros años veinte. Los espectadores eran allí recibidos por profusión de camareras vestidas de época, algunos chulos de porte elegante, vendedores de productos dudosos, magos y embaucadores poéticos que entretenían a la clientela, mientras el respetable pedía en la barra u ocupaba las mesas disponibles. Una chusma elegante, a veces simpática y juguetona, otras impertinente, la de los artistas que daban la impresión de intervenir cuando se les antojaba, un efecto muy logrado y que supo mantener siempre al respetable en la duda y la incertidumbre.

Impresionó la figura inquietante de un hombretón gallego de rasgos achulados y canallescos, que se paseaba con acusada apariencia de ir cargado de copas, que fue protagonizando un crescendo de actitudes salidas de tono para alcanzar un espectacular final con pelea incluida que acabó con un número entre poético y altamente canalla de una marioneta de hilo, subido sobre una de las mesas del cabaret. Se trataba del actor y titiritero de Galicia ya mencionado, Borxa Insua, que quiso sumarse al jolgorio del Peep Show antes de su actuación el domingo con el personaje de Barriga Verde.

Peep Show, Naked Puppets. María Sola y el Zorro. Foto de Jesús Atienza.

Andrea Lorenzetti, por su parte, con una presencia distante y dominando bien el espacio, a modo de director mafioso del salón, presentó varios números de striptease con pequeñas marionetas de hilo que manejaba sobre teatrillos posados encima de una mesa o colgados del cuello, siendo también el animador de un delirante juego de apuestas llevado a cabo con cartas españolas.

Impactante por estrafalario fue el dímerportátil de electricidad y agua, invento de Ivan Tomasevic,  un artefacto cuyo nombre propiamente dicho, según sus inventores, es el de Saltwater dimmerson.

Hubo música en directo: un pianista de tonos oscuros e identidad ambigua que susurraba canciones en un micrófono y que de vez en cuando sufría aparentes ataques epilépticos que lo lanzaban violentamente al suelo, un bajista de barba ruso-judía y aspecto dudoso, más una cantante desganada cuyas canciones tenían el peso de la languidez, buscando el tono decadentista que imperaba en el conjunto.

De vez en cuando aparecía Rugiada Grignani quién, junto a su compañero Facundo Moreno y a su hermano Timoteo Grignani, deleitaron al público con eléctricas canciones, pequeños momentos de refinada manipulación, una guitarra muy bien templada por Facundo, y otros números de máscaras de una gran originalidad.

Peep Show, Naked Puppet. Marioneta gigante. Foto de Jesús Atienza.

Intervino incluso una marioneta gigante, obra de Matt Kight con la intervención técnico-titiritera de Andrea Lorenzetti, sostenida por una estructura de hierro sobre ruedas y por mandos que se asemejaban a los del titiritero mexicano Daniel Loeza, por la complejidad mecánica de sus artefactos manipuladores.

Un punto y aparte lo constituyó la aparición del titiritero y cocotólogo Pep Gómez, ausente en los últimos años de los escenarios barceloneses, que reapareció con un ocurrente desplegable pictórico-musical que contenía una pipa, unas hojas de col, un porrón y unas uvas, y que el cocotólogo del Raval convirtió en una sonora procesión de la Semana Santa, ante los atónitos espectadores, cada vez más asombrados de las rarezas de aquel cabaret indefinible.

El conjunto fue un verdadero acopio de ideas y de pequeños números enlazados según una lógica que buscaba aparentar no tener lógica alguna, de modo que el espectador no sabía si se seguía un guión o simplemente se iban sucediendo sus diferentes partes según el capricho de los ejecutantes.

Peep Show, Naked Puppets. El cocotólogo Pep Gómez. Foto de Jesús Atienza.

Hubo por parte de los intérpretes una entrega absoluta a la faena, de modo que se mantuvo una dinámica que podríamos calificar de electrizante. Una energía joven y con ganas de romper moldes, que respiraba un fresco sabor a una Europa que no es la oficial sino la que goza de sus diferencias, base de su entendimiento. Quizás uno de los mayores logros de la representación haya sido convertir todo el salón-bar en escenario, no sólo porque se actuaba en todas partes, sino también por cómo vistieron el espacio, transformándolo en una muy conseguida continuación estética del Peep Show de la entrada.

Un trabajo, en definitiva, que buscaba impactar al respetable y que lo consiguió, gracias a la entrega de los intérpretes y a su gran nivel artístico.

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